Migrar: entre el agradecimiento y el duelo.

Migrar: entre el agradecimiento y el duelo.

El pasado 7 de julio cumplí 10 años de residencia en Madrid, y no puedo estar más agradecida por esta maravillosa oportunidad que la vida me dio al regresar a Europa.

Se estima que la humanidad lleva migrando más de 100.000 años, y aunque las razones para hacerlo han cambiado, el acto de migrar sigue cargado de símbolos, rupturas y significados, que rara vez se comprenden desde fuera. Hoy existen muchas ideas preconcebidas sobre lo que significa emigrar, y esas ideas pesan.

En Colombia, aún persiste cierta idealización de la migración, heredera de ese mal llamado «sueño americano» que ahora se ha trasladado a Europa: trabajar duro, ganar mucho dinero, vivir una vida de lujos. Mientras que, en España, la percepción generalizada sobre la migración latinoamericana —y particularmente la colombiana— sigue estando atravesada por prejuicios: se nos asocia automáticamente con trabajos del sector servicios, como el de camarero o el de empleada doméstica. Esta imagen se gestó en los años noventa, cuando miles de colombianos, huyendo de la violencia generada por el narcotráfico, llegaron a España buscando sobrevivir.

Pero las nuevas generaciones migrantes llegamos con otras historias, con otros dolores y con otras esperanzas. En mi caso, cuando decidí dejar Bogotá, tenía el trabajo de mis sueños, acababa de terminar un máster, y tenía a mi familia y mis amigos cerca. Estaba, como se dice, “en mi mejor momento”.

Mi último trabajo en Bogotá, como Directora General de APD.

Pero conocí al amor de mi vida, y él vivía en Madrid. A veces la vida te pone frente a encrucijadas que no permiten equilibrios: o apuestas con todo, o lo dejas pasar. Y yo aposté, decidí poner todos los huevos en la misma canasta.

Llegué a Madrid dejando atrás mi ciudad, mi familia unida, mis amigos, mi acento, las montañas verdes de Bogotá (esa ciudad que se levanta a 2.600 metros sobre el nivel del mar), mis olores, mis paisajes, mi idioma cotidiano. Todo lo que me era familiar.

Hablemos claro: migrar, por más privilegiada que sea tu condición, siempre implica romper con algo. Es una herida que no cierra del todo. Migrar es enterrar una parte de ti para poder reinventarte.

Uno de los primeros choques culturales que tuve fue que muchas personas me decían —y me siguen diciendo— “pero no pareces colombiana”, como si hubiera una forma única de serlo, como si no tener rasgos indígenas invalidara mi identidad. Un prejuicio en toda regla, aunque disfrazado de cumplido.

Colombianos de distintas regiones del país. Fotografía: Banco Mundial.

Y aunque ya había migrado antes —en 2002 me fui a París— esta vez era distinto. Tenía una hija a mi cargo, la urgencia de trabajar, de rehacer mi vida profesional desde cero. Empecé a postularme a empleos que encajaban con mi perfil, y no recibía respuestas, mientras que en Bogotá todo el mundo me conocía, sabía de mi experiencia y capacidades, aquí mis dos carreras, un posgrado, un máster, tres idiomas y más de una década de trabajo, no parecían tener sentido.

Al mismo tiempo, lidiaba con los trámites ante instituciones públicas que parecían diseñadas para que nadie los entendiera, luego comprendí que no era a propósito: la administración pública simplemente tiene un retraso tecnológico de al menos 15 años.

Tras seis meses de incertidumbre, invierno y frustración, empezaron a llegar algunas entrevistas. Pero entonces vino otro golpe: descubrir los sueldos en España. La precariedad disfrazada de formalidad. En las entrevistas se me calificaba de  “sobrecualificada” o “no lo suficientemente especialista”. Descubrí que en España se valora más la especialización profunda que la experiencia transversal, si has trabajado en logística y tienes más de treinta años, ¡no te atrevas a postularte a marketing! Aquí se desconfía del generalista, la curiosidad no tiene buena prensa. Difícil vida para alguien tan inquieta como yo.

He tenido que trabajar el doble, incluso regalar mi trabajo, para demostrar quién soy. Nunca pude imitar el acento español, pero adopté el “vosotros”, y noté cómo eso abría puertas. Aprendí a integrarme sin dejar de ser yo.

Como inmigrante ocurre algo curioso: en España me siento colombiana, y en Colombia me siento extranjera. Como dice Bunbury en su canción El extranjero: “porque allá donde voy, me llaman el extranjero…” Ya no soy de ninguna parte. Ni siquiera en mi país. Porque vivir en muchos sitios te transforma, y arrastras fragmentos de todos ellos. A veces para bien, a veces con contradicciones.

Recuerdo en la universidad, una clase de literatura en la que un profesor nos habló de José Eusebio Caro, un famoso escritor colombiano del siglo XIX, y de su poema Despedida de la patria , y de cómo el dolor del exilio nunca se supera del todo. En ese momento me parecía exagerado y hasta absurdo. Hoy entiendo que no lo era. Y como si de justicia poética se tratará, hoy mi alma se encoge al leer esos versos:

¿En tierra extraña
quién conocerá mi voz?
¡Adiós, patria! ¡Patria mía!
Aún no puedo odiarte; ¡adiós!

Migrar es reinventar tus raíces, es construir desde cero un núcleo que te sostenga: familia (si no la tienes, la creas), amigos, rutinas. Es convencerte cada día de que fue la mejor decisión, aun cuando duela. Es vivir con un sentido crítico más agudo, porque estar fuera de tu cultura te permite ver lo bueno y lo malo de ambas orillas.
Y eso, inevitablemente, te hace más empática, más humana y fuerte.

Las fiestas familiares siempre duelen un poco: cumpleaños propios en invierno, navidades por videollamada, costumbres nuevas que finges abrazar aunque tu alma esté en otro lado. Los buñuelos saben distinto, los abrazos también.

Ser extranjera implica demostrar todo el tiempo tu valía. No te ven como “una de los suyos”, porque piensan que en cualquier momento te vas a ir. Ser colombiana, además, implica aguantar miradas sospechosas, comentarios cargados de prejuicio y una sombra que te sigue cada vez que alguien pronuncia el nombre de tu país.

Hoy, 20 de julio, Día Nacional de Colombia, quiero enviar un mensaje a todos mis compatriotas que viven fuera:
Hacer patria no es solo ponerse la camiseta amarilla o un sombrero vueltiao.
Hacer patria es levantarse cada mañana con dignidad, trabajar con ética, y dejar en alto el nombre de nuestro país con nuestros actos.

Un sueño cumplido en España, ser conferenciante TEDx . Puedes verla aquí: https://www.youtube.com/watch?v=l5GuwQTI6M0

Cada vez que doy una clase, una conferencia o entrego un proyecto, llevo algo colombiano conmigo. A veces una expresión, a veces un objeto, siempre mi acento. Y en cada gesto intento dar lo mejor, porque sé que nosotros, los migrantes, hablamos de nuestro país con hechos, con alegría y con esa berraquera que nos caracteriza, incluso en medio de las dificultades.

Porque migrar es tener un corazón más grande, sí.
Uno que late entre dos tierras.
Y que, por más que se cure, siempre guarda una pequeña herida…
esa que nunca termina de cerrar.

Feliz 20 de julio, para todos los colombianos que estamos lejos de casa.

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