Ética y Fútbol Americano:

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Ética y Fútbol Americano:

¿Puede un deporte conectarse con la Filosofía Política del siglo XVIII?

Por sorprendente que parezca, la respuesta es sí.

Una de las claves del pensamiento crítico consiste en observar los hechos contemporáneos y vincularlos con sus antecedentes históricos, filosóficos, políticos o culturales. Aunque vivimos rodeados de inteligencia artificial, robótica y sistemas algorítmicos, nuestras nociones sobre justicia (Grecia), derecho (Roma), ética y política se gestaron en tradiciones filosóficas muy anteriores. Y es precisamente esta mirada histórica la que permite comprender mejor fenómenos actuales que, a simple vista, parecen puramente comerciales o deportivos.

Ahora os invito a aplicar el pensamiento crítico, paso por paso, pare entender como la ética y el futbol americano están profundamente conectados.

Paso 1.El hecho: el “Madrid Game”

El pasado fin de semana se celebró en el estadio Santiago Bernabéu el “Madrid Game”, un partido de fútbol americano entre los Miami Dolphins y los Washington Commanders que atrajo a miles de asistentes y generó un impacto mediático considerable.

Pero, más allá del espectáculo, ¿qué puede decirnos este evento sobre nuestras concepciones éticas y políticas?

Paso 2. El vínculo con la Filosofía Política: el utilitarismo

El vínculo con la Filosofía Política: el utilitarismo

Para comprender la relación entre un evento deportivo como el “Madrid Game” y la filosofía política del siglo XVIII, es necesario detenerse en el utilitarismo, una de las corrientes éticas más influyentes de la modernidad y, al mismo tiempo, una de las más discutidas.

El utilitarismo nace en un contexto histórico marcado por la Ilustración, el auge de la economía liberal, la consolidación de los estados-nación modernos y la búsqueda de mecanismos racionales para organizar la vida colectiva. Frente a las morales tradicionales basadas en normas divinas o mandatos absolutos, pensadores como Jeremy Bentham y más tarde John Stuart Mill propusieron una ética fundada en la medición y la optimización.

Su pregunta es tan simple como poderosa:
¿qué acción produce el mayor beneficio para el mayor número de personas?

Este principio, conocido como criterio de utilidad, transformó radicalmente la manera de pensar la acción moral y la organización social.

Bentham defendía que los seres humanos se guían por dos soberanos: el placer y el dolor. De ahí que el objetivo de toda acción racional, y por extensión de toda política pública, debería ser maximizar el placer agregado y minimizar el sufrimiento colectivo. 

Jeremías Bentham

Mill, décadas después, introdujo matices relevantes: no todos los placeres son iguales, y los intelectuales y morales tienen un valor superior a los puramente sensoriales. Pero mantuvo la idea central: la moralidad depende de las consecuencias, no de las intenciones.

John Stuart Mill. Fotografia Wikipedia.

Este enfoque contrasta profundamente con la ética de Immanuel Kant, quien afirmaba que lo moral no puede depender del resultado —siempre incierto, imprevisible o manipulable—, sino del deber y la dignidad humana. Para Kant, usar a las personas como medios para un fin, aunque ese fin sea “el bienestar general”, constituye un atentado contra su condición de seres racionales y libres.

Y sin embargo, es la lógica utilitarista la que domina hoy nuestras sociedades contemporáneas: políticas públicas basadas en indicadores cuantitativos; decisiones económicas evaluadas por retornos globales; ciudades gobernadas por métricas de tráfico, turismo, impacto mediático y “felicidad agregada”.

Vivimos en un ecosistema moral donde lo útil desplaza fácilmente a lo justo, y donde los números parecen justificar casi cualquier decisión colectiva.

Paso 3: Aplica la lógica del utilitarismo en el evento

¿Por qué se organiza un evento de tal magnitud en pleno centro de Madrid?

La respuesta es clara: la utilidad económica.

  • Entre 10,6 y 21,2 millones de euros de ingresos en hostelería.
  • 15 millones en reservas hoteleras.
  • Un gasto estimado de 50 euros al día por asistente.
  • Y, por supuesto, taquilla, patrocinadores y promoción internacional.

Desde una perspectiva utilitarista, la ecuación es impecable:
si la ciudad gana millones, el coste soportado por unos pocos vecinos es asumible.

Pero ahí surge el conflicto ético.

Paso 4: El lado invisible del cálculo utilitarista

Mientras la narrativa pública celebraba el éxito del evento, otros actores quedaron al margen:

  • La Federación Española de Fútbol Americano (FEFA) no fue informada ni invitada. Una oportunidad perdida para potenciar el deporte local y apoyar a jóvenes deportistas.
  • Los vecinos del barrio vivieron durante días cortes de tráfico, pruebas de sonido desde la mañana, música desde las 9:00, un despliegue policial excepcional y la imposibilidad de disfrutar un fin de semana de descanso.

¿Qué ocurre cuando la felicidad de la mayoría implica el sacrificio silencioso de unos pocos?

Este es, precisamente, el dilema ético que el utilitarismo siempre ha enfrentado.

Foto del Paseo de la Habana ., calle circundante al estadio., el día del Madrid Game.

Paso 5: Análisis ético:¿Alguien consideró las molestias sufridas por quienes viven en el barrio?

  • ¿Se evaluó el impacto psicológico y cotidiano de transformar un vecindario en un espectáculo permanente?
  • ¿Son “buenas” decisiones las que generan beneficios económicos si excluyen o perjudican a comunidades locales?
  • ¿Quién decide qué nivel de malestar es aceptable para otros?
  • ¿Puede hablarse de beneficio colectivo si las entradas son tan caras que excluyen a gran parte de la población?

Estas preguntas no buscan demonizar el evento, sino revelar la tensión profunda entre dos visiones del bien común.

Utilitarismo en acción: luces y sombras

Lo sucedido con el Madrid Game ilustra que, en nuestras sociedades contemporáneas, el cálculo utilitarista es la regla:
el espectáculo, la economía y la imagen de la ciudad prevalecen sobre el bienestar individual.

Y esta prioridad no es neutra: responde a una visión política y moral heredada de siglos atrás.

La filosofía nos ayuda a ver que, detrás de un estadio lleno, hay modelos de decisión que favorecen a muchos pero silencian a pocos. Y que en ese silencio se juega una parte importante de nuestra responsabilidad ética colectiva.

El “Madrid Game” es un ejemplo perfecto: no se organiza porque sea moralmente justo, sino porque es útil, rentable y produce beneficios para la mayoría. Los impactos sobre minorías concretas —como los vecinos afectados o las federaciones locales ignoradas— quedan absorbidos como “daños colaterales aceptables” dentro del cálculo global.

Aquí es donde el utilitarismo revela tanto su fuerza como su fragilidad:
puede maximizar el bienestar colectivo, sí, pero lo hace a costa de volver invisibles a quienes no encajan en la ecuación de la utilidad.

Por eso el utilitarismo es tan relevante para comprender nuestro presente: no es solo una teoría filosófica del siglo XVIII; es la forma en que muchas decisiones políticas, económicas y sociales siguen tomándose hoy. Es la lógica que subyace a la planificación urbana, al capitalismo global, a los algoritmos que optimizan servicios… y, por supuesto, a la organización de macroeventos que prometen grandes beneficios colectivos a costa de pequeños sacrificios individuales.

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