Ética: la mala educación ¿un síntoma de la falta de carácter moral?

La mala educación ¿es una falta ética?

Ética: la mala educación ¿un síntoma de la falta de carácter moral?

A menudo pensamos en la ética como una especie de checklist, una guía normativa que nos permite decidir si algo está bien o mal, pero la vida humana es mucho más compleja que eso, y no funciona en blanco y negro. Nos movemos constantemente en un terreno ambiguo, lleno de matices, emociones, historias y contradicciones. La ética, entonces, no siempre se manifiesta en grandes dilemas morales, también —y sobre todo— habita en lo cotidiano, en las historias mínimas.

Como filósofa (y quizás también un poco curiosa, incluso algo cotilla, lo admito), me dedico a observar lo humano, no solo en los momentos extraordinarios o trágicos, sino en esos gestos diarios que parecen inofensivos o intrascendentes, pero que dicen mucho más de lo que imaginamos. Gestos como el modo en que saludamos, cómo miramos a los demás (si es que los miramos), cómo escuchamos… y, sobre todo, cómo tratamos a quienes no pueden ofrecernos nada a cambio. Todo eso son actos profundamente humanos y configuran nuestra ética.

Desde hace años adopté una costumbre que puede parecer simple, pero que es extraordinariamente reveladora si se quiere conocer la verdadera naturaleza de alguien: observar cómo trata a los camareros, o al personal de servicio en general. Puede parecer trivial, pero pocas cosas dicen tanto de una persona como ese tipo de interacciones. Porque es precisamente en esos momentos de aparente inconsciencia —cuando no hay cámaras, ni jefes, ni testigos “importantes”— cuando emerge la ética más auténtica, la que se encarna en el trato humano.

Este fin de semana me encontré con un ejemplo dolorosamente ilustrativo, Ann Kaplan Mulholland, millonaria canadiense y estrella del programa Real Housewives of Toronto, fue grabada en un restaurante en Cannes. Un camarero, en un gesto amable y rutinario, le sirvió una porción de pizza, ella lo miró con absoluto desprecio y le dijo, en tono arrogante:

—“¿Parezco alguien que come carbohidratos?”

El camarero, visiblemente incómodo, retiró la pizza. Y como si no fuera suficiente, Kaplan giró hacia su acompañante con una expresión de escándalo teatral.

Mi primera reacción fue simple: ¿por qué no dijo simplemente “no, gracias”?

Desde una perspectiva ética, lo que está en juego aquí no es solo una falta de educación o de buenos modales, es la concepción del otro como inferior. Una actitud que revela jerarquías imaginarias, donde la riqueza, la fama o la delgadez parecen otorgar el derecho a deshumanizar. 

Y esto me lleva a unas preguntas que me he hecho decenas de veces:

  • ¿Qué hace que alguien se sienta con derecho a humillar?
  • ¿Qué ocurre en una subjetividad que confunde el valor personal con el estatus económico o corporal?

No hay una respuesta única, pero sí muchas pistas.

Lo que llamamos «mala educación» no es siempre un problema de formas, sino un síntoma de una desconexión más profunda: la incapacidad de sentir con el otro, de reconocer su dignidad. He aprendido que cuando alguien desprecia a quien le sirve, lo que está mostrando no es solo su carácter, sino su visión del mundo, y desafortunadamente, es una visión peligrosa. Porque trata mal a quien te sirve —literal y simbólicamente— es negar el principio básico que sostiene toda convivencia: el respeto a la dignidad humana.

¿Podemos llamar a esto una falta de ética? Sin duda.

Tal vez sería útil que personas como esta millonaria —y todos aquellos que tratan con desprecio a quienes están en posiciones de servicio— reflexionaran en algo muy concreto: el valor de una cuenta en un restaurante en Cannes ¡puede ser equivalente al salario de un mes de ese camarero! Un camarero que trabaja largas horas, de pie, bajo el sol, para poder vivir con dignidad. ¿No debería eso, al menos, despertar respeto?

La filósofa Iris Murdoch decía que la atención es una forma de amor y también de justicia, reconocer al otro, prestarle atención sincera, tratarlo con dignidad, es un gesto profundamente ético. Su pensamiento nos recuerda que el centro de una vida moral no está en las normas abstractas, sino en la capacidad de mirar de verdad al otro ser humano.

Otro filósofo, Emmanuel Lévinas, después del horror de la Segunda Guerra Mundial, escribió que:

“el rostro es lo que no se puede matar”

El rostro del otro representa su absoluta vulnerabilidad y, al mismo tiempo, nos interpela con un mandato radical: no matarás. Este mandato no es solo literal. También es simbólico: no humilles, no ignores, no borres la presencia del otro. Porque en su rostro hay un llamado ético que no se puede silenciar.

Vivimos en una sociedad que necesita urgentemente más simpatía. No en el sentido superficial de “ser simpático”, sino en el sentido original del término griego sym-pathein: sentir con el otro. Cultivar esa sensibilidad hacia quienes cuidan, limpian, sirven, entregan o asisten no es un gesto amable, es un imperativo ético.

Ya lo dijo Kant: “Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que se convierta en ley universal”. Es decir, actúa de forma tal que tu comportamiento pudiera convertirse en norma para todos. Y si nadie debería ser humillado, entonces tú tampoco deberías hacerlo.

Y es aquí donde la educación —la verdadera— se vuelve política, no hablo de títulos ni diplomas, sino de la educación que enseña a mirar, a respetar, a convivir. Porque una sociedad que normaliza el desprecio es una sociedad rota, no se puede construir comunidad sin reconocer que todos, absolutamente todos, merecen respeto, sin importar el rol que ocupen.

Así que la próxima vez que veas a alguien tratar con arrogancia a quien le sirve un café, le abre una puerta o le limpia una mesa, no lo tomes como una anécdota sin importancia. Estás presenciando una grieta ética. Una muestra de cómo algunas personas creen que pueden clasificarse por encima de otras, como si la dignidad humana fuera negociable.

Y en un mundo que insiste en dividirnos por riqueza, fama o estética, tal vez la verdadera revolución consista en mirar a cada persona —camareros incluidos— como lo que realmente son: personas iguales en dignidad, distintas solo en circunstancias.

Para reflexionar Thinkers.

Si te interesa el tema de la «empatía,”Ética del cuidado» te recomiendo una artículo que escribí hace un tiempo sobre el tema, pero que es de gran actualidad: /https://www.thinkersoul.com/etica-del-cuidado-donde-trazar-la-linea-entre-el-amor-por-un-hijo-y-la-justicia-colectiva/

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